Amabilísimo Señor Jesucristo, verdadero Dios, que del seno del eterno Padre omnipotente fuiste enviado al mundo para absolver los pecados, redimir a los afligidos, soltar a los encarcelados, congregar a los vagabundos, conducir a su patria a los peregrinos, compadécete de los verdade-ramente arrepentidos, consuela a los oprimidos y atribulados; dígnate absolver y liberarme a mí, tu criatura, de la aflición y tribulación en que me veo, porque Tú recibiste de Dios Padre todo¬poderoso el género humano para que lo com¬prases y, hecho hombre, prodigiosamente nos compraste el paraíso con tu preciosa sangre, estableciendo una paz completa entre los ángeles y los hombres. Así, pues, dígnate, Señor, introducir y confirmar una perfecta concordia entre mis enemigos y yo y hacer que sobre mí resplandezca tu paz, gracia y misericordia, mitigando y extinguiendo todo odio y furor que contra mí tuvieron mis adversarios, como lo hiciste con Esaú, quitándole toda la aversión que tenía contra su hermano Jacob.

Los Santos del Apocalipsis cantan fervorosamente: “Con tu Sangre has comprado para Dios gentes de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirve a Dios y reina sobre la tierra” Apocalipsis, 5:9.